4 de abril de 2009

Nómadas. Tan Tan 3




Durante mi estancia en Tan Tan hice varios recorridos por los alrededores, y camino de Tarfaya encontramos una laguna llamada Nariya, con centenares de flamencos en sus aguas. Era un contraste muy fuerte con el desierto de piedra que lo dominaba todo, y parecía una imagen de ensueño.
Nos dimos cuenta que cerca de allí había dos jaimas y nos dirigimos hacia ellas, para saludar a sus moradores. Era una familia nómada compuesta por el matrimonio y dos niños de unos diez o doce años. Junto a ellos, algunas cabras y dos camellos que les acompañaban.
Cómo no, y ya iba siendo lo habitual, nos invitaron a tomar un té en una de las jaimas, que estaba hecha de trozos de lonas de colores, sostenida por unos palos, y con el suelo cubierto de alfombras. En la otra hacían los trabajos y tenían sus enseres.
Nos contaron que era el único medio de vida que conocían y que todos sus antepasados habían sido nómadas, por lo que ellos no se habían planteado subsistir de otra forma que no fuera ésa.
Se alimentaban de leche de las cabras y alguna vez mataban una, así como de pasta de dátiles, cuscús y pan.
Se veían por allí cacerolas, barreños, y poco más.
Con esa mentalidad occidental, que asocia viaje a maletas, le pregunté a las señora que dónde guardaba la ropa y se echó a reir.
Iba vestida con falda larga y una camisa, y me llevó a la parte de atrás de la jaima para mostrarme dónde la guardaba. No lo podía creer, pero era lógico: llevaba la ropa puesta y simplemente cuando quería cambiarse de ropa, escogía la que le gustaba y se la ponía encima. Naturalmente estoy hablando de tres o cuatro prendas que era todo lo que tenía.
Fue una lección de humildad, el comprobar lo poco que hace falta para vivir.
Quise hacerme una foto con ellos, pero no tenían costumbre y respeté su decisión, aunque yo sí que me la hice delante de una de las jaimas.