5 de octubre de 2009

El machismo en Argelia



Durante mi estancia en este país, tuve ocasión de comprobar cómo la palabra "moro", que en España designa al hombre super machista, cobraba todo su significado allí.
El hombre es el rey de la creación y la mujer un accesorio que pasaba por allí y que cogió para su comodidad y disfrute.
Yo vivía en un bloque de pisos en el que todo eran argelinos, y mi vecina me contaba muchas cosas. Casada con un pied-noir de madre francesa, con muchas de sus costumbres también francesas, tenía que soportar sus caprichos y la educación tan desigual que le daba a sus hijos.
En el salón habia una tele mala, mala, en blanco y negro, y él tenía en el dormitorio una a todo trapo en color, con montones de películas porno para alegrarse las pajarillas por la noche.
De vez en cuando venia a buscar a mi marido para enseñarle alguna nueva adquisición, y entre whisky y whisky, tumbados en la cama, se la veían, mientras en el salón, su mujer y su hija se tragaban en blaco y negro, todas las telenovelas que ponían, y en las que siempre a las mujeres se las calentaba de lo lindo. Yo he visto en esas series cómo un tío con un cubo en la mano, le cruzaba a la mujer la cara una y otra vez por haber salido sin su permiso a la calle.
Ellas fumaban, pero en cuanto oían la puerta, metían todo debajo del sofá y echaban ambientador para que no se notara el olor.
Me contaba, sobre todo la hija, que a los hombres les interesaba que las mujeres fueran analfabetas, para que así dependieran más de ellos y no protestaran, pero que cada vez era mayor el número de chicas en la universidad y que se estaban preparando para cambiar las cosas. De eso hace muchos años, y ahora están, por desgracia, bastante peor que entonces.
En cierta ocasión, iba por la calle con mi marido del brazo, fumando, y un guardia se nos acercó, y me dijo que tirara e cigarro y que soltara a mi marido, que iba dando escándo público. Naturalmente lo hice, porque he sido sumamente respetuosa con las costumbres de un país que no era el mío, aunque no me gustaran muchas de ellas.
Otra vez me enfadé con mi marido y como soy muy dada a tirar por la calle de enmedio, hice la maleta y me planté en el aeropuerto, visado en mano, para venirme a España. Bueno, pues se rieron de mí todo lo que les dio la gana, porque sin la firma del marido, no sale de allí una mujer ni por equivocación. Y además se regodearon en explicarme que yo no podía hacer nada sin pedirle permiso, que para eso era mi dueño.
Las mujeres no entraban a los bares ni iban al cine, al menos cuando yo estuve allí, pero es que tampoco iban a los parques. Yo llegué con tres niñas pequeñas, y me iba al parque para que jugara mientras yo hacía punto. A mí me extrañó no ver mas que viejos, y me comentaron después que no estaba bien visto que me sentara tranquilamente allí. Que no era sitio para nosotras.
Pero es que teníamos amigas casadas con árabes, que en España se comportaban de una forma, y en Argelia de otra.
Era el caso de un matrimonio con el que manteníamos una muy buena relación, y a veces ella iba a mi casa a tomar café, para lo que su marido la acompañaba en el coche, pero... se quedaba en la puerta dentro del vehículo hasta que terminábamos, a lo mejor a las dos horas. Por más que yo salía y le rogaba que entrara en la casa a tomar café con nosotras, él se negaba siempre, con el pretexto de que sin estar mi marido en casa, no debía recibir a ningún hombre.
Al pobre de mi marido le daban la vara una y otra vez, para que me obligara a tener más hijos, a ver si con suerte venía un varón, porque tener tres niñas era poco menos que para ir escondiéndose por la calle. De hecho, las familias que conocía de allí, cuando salían a algún sitio, llevaban siempre el mismo reparto de niños: los varones con el padre y las hembras con la madre.
El tema del machismo fue lo peor que llevé el tiempo que viví en Argel.