
Cada día me convenzo más de que no sirven para nada los padrinos de los bautizos.
Blog personal de temática diversa: viajes, historias, cocina, arte, scrappbookin, encuadernación, manualidades, humor... y algo más...
Soy Varech y ando por la Red desde hace un tiempo, lo cual me produce a veces quebraderos de cabeza aunque la mayoría de las ocasiones me satisface.

Hace cinco años compré en un mercadillo un teatro infantil, y no pude hacer mejor compra. Me costó la friolera de ¡Un euro! Tiene su telón que sube y baja con la ruedecita superior derecha, tres botones (risas, aplausos, pitos), y era una maletita que yo "arreglé" para que fuera más cómodo hacer los cuentos.
Encontré los personajes de Caperucita y de La casita de chocolate, pero he ido poco a poco ampliando los personajes, aunque de forma casera, que me gustan más.
Necesitaba unos reyes para interpretar a los padres de La bella durmiente y de Blancanieves, y como tenía por aquí unos barriguitas modernos (qué diferencia con los antiguos), a los que los niños no les hacían ni caso, pues los he vestido y les he puesto la corona. ¡Ya tengo reyes! Y claro, he completado la escena con la criatura y la cuna.
Me he divertido muchísimo haciéndolo, y sé que a mis nietos les va a entusiasmar. En cuanto llegan a casa se meten a su habitación y se sientan ya a la espera del cuento correspondiente, cuento que a veces me invento e incluso a los clásicos procuro meterles siempre algo nuevo para despertar su interés.
A esta pobre chica la raptan, maltratan, violan, queman y matan, cuatro hijos de puta, de los que tres ya están en la calle. Hay que ponerse en el pellejo de los padres para entender su indignación.

De forma brusca se encendió la luz y desperté del profundo sueño en el que me hallaba sumido. Hacía mucho frío, pronto sentí el contacto húmedo de una cebolla atravesando mi piel, ya a estas alturas, muy débil. Miré a mi alrededor y encontré una gran desolación: Cherry, con su cuerpo reventado, llegó hasta Carlota, que como podía luchaba por zafarse de su cruel destino. Clementina, con un más que evidente deterioro, se apoyaba en Navelina, cuya tristeza ya no se esforzaba en disimular. Flora, desde lo alto, nos miraba con infinita piedad intuyendo el cruel desenlace que nos esperaba, pues sabía que nuestra enfermedad no tenía cura. Don Simón aguardaba impasible el paso de los días, observado de cerca por alguien de Burgos, cuya cuenta atrás había comenzado.


Era mi madre. Una persona que sin merecerlo, fue muy desgraciada.
Vista del aeropuerto minimalista.


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