Bienvenidos a El mirlo de papel

Soy Varech y ando por la Red desde hace un tiempo, lo cual me produce a veces quebraderos de cabeza aunque la mayoría de las ocasiones me satisface.

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23 de julio de 2018

Adiós a un gran amigo


Este fin de semana ha sido muy triste para nosotros. Se nos ha ido un amigo de los de siempre, de los mejores que teníamos y que se ha dado mucha prisa en partir.
Miguel Ángel nos ha acompañado durante muchos años, desde que fuimos adolescentes hasta ahora, y nos quedará siempre el recuerdo de su cariño y de su forma de ser. Lo quisimos mucho y lo añoraremos todavía más.

4 de enero de 2016

Ya hace un año


Y se ha pasado volando. El treinta de diciembre de 2014 nació el pequeñín de la casa, y le escribí esta carta, que la dejo aquí como recuerdo.
No imaginé que fuera tan guapo, tan revoltoso, tan listo, tan... tan... ta... ¡Jolines, que soy su abuela!

10 de junio de 2015

Los Carreteros




Hace ya muchos años, que por razones laborales y matrimoniales, fijé mi residencia fuera de Callosa, aunque he seguido al corriente de todos los acontecimientos, que tanto los amigos como los familiares, se han encargado de transmitirme.
En una de mis frecuentes estancias en el pueblo, tuve ocasión de comprar el libro "Diccionario Callosino" escrito por Dn. José María Rives. Pasé un rato muy agradable leyéndolo y evocando las vivencias que esas palabras y frases traían a mi memoria. La última parte está dedicada a los apodos propios de Callosa, y llevé una gran decepción al no encontrar entre ellos el de mi familia paterna, que seguramente por un olvido involuntario, no se encontraba allí escrito. Yo, que desde la distancia llevo a gala ser callosina y que he propagado por los distintos sitios  en los que he vivido las costumbres de mi pueblo, sentí la necesidad de subsanar ese olvido y de ese estado de ánimo surgió la idea de sacar a la luz el apodo de "los Carreteros".

17 de abril de 2013

Cuñao...

¡Qué semana tan triste y qué impotencia tan grande al ver cómo se escapaba la vida de un ser tan querido!
Porque mi cuñado Manolo era una de esas personas que por donde pasaba dejaba la huella de su gran humanidad. Un ser generoso que se daba sin reservas a familiares y amigos, y que en estos momentos tan complicados le han devuelto el amor que de él recibieron en vida,

28 de marzo de 2013

Semana Santa en un año difícil


Esta mañana he visto por primera vez el desembarco de los legionarios en el puerto de Málaga, para acompañar al Cristo de Mena, y tengo que decir que me he emocionado. Este tipo de ceremonias me remueven sentimientos a veces demasiado dormidos, pero basta una simple chispa para que afloren nuevamente.
Creer o no creer...

25 de diciembre de 2012

Soneto para vosotros



Hace años que emprendí un viaje
acompañada de gente querida.
En sus hombros pude apoyar mi vida
y ellos conformaron mi bagaje.

Mas algunos cogiendo su equipaje
se bajaron cansados de la ida,
y dando su batalla por perdida
hundieron en la tierra su coraje.

Seres queridos que son mi amuleto,
sombra que a mi alrededor gravita,
callados están en su mundo quieto.

Hoy, que a la gente se felicita,
les mando desde el alma este soneto
que en voz baja mi corazón recita.


carmen canales

20 de diciembre de 2012

Una historia detrás de cada foto



Al hilo de lo que una buena amiga comentó no hace mucho en facebook sobre las fotos antiguas, me vino a la memoria la sensación tan deprimente que tuve en una de mis visitas al Rastro. Me atrae lo viejo, qué le vamos a hacer, y disfruto revolviendo en los montones de objetos polvorientos por el paso del tiempo.
En esas andaba cuando me topé con un álbum de boda. Él, vestido de militar con su espada y todo, y ella con su velo sujeto por una diadema calada casi hasta las cejas, ambos con rostro felicísimo por el momento que estaban viviendo. Juro que me entraron ganas de traérmelo a casa, simplemente por la rabia que sentí al pensar que para sus familiares no tenía ningún valor, y que les importó un bledo que las personas allí retratadas fueran a parar a una tienda de cosas viejas. ¡Qué pena!
A mí, que me encanta hacer álbumes de todo tipo y tener a mano los recuerdos de los míos, me dolió en el alma lo que vi porque no me gustaría que mis cosas rodaran por ningún sitio.
Recuerdo que mi madre, cuando murió mi abuela, sacó la caja de las fotos y una a una las fue rompiendo para que no fueran a parar a manos ajenas. Entonces no lo entendí, pero cuando contemplé en la tienda ese álbum de boda por el suelo, supe que mi madre tenía razón.
Le doy mucha importancia al conocimiento de mis antepasados, y de hecho tengo un buen trabajo, o al menos a mí me lo parece, encaminado a que mis hijos, mis nietos y los que vayan viniendo, sepan cómo eran, pero con la mayoría de fotos sueltas que hay en la caja, esa que todos tenemos, haré lo que mi madre hizo, porque la historia que acompaña a cada retrato no merece ser tirada por los suelos.

19 de junio de 2012

Homenaje a un hombre bueno



Se lo debo.
Por haber vivido muy cerca de él, sin llegar a conocerle.
Por no escucharle con el interés que debí de hacerlo.
Por un cariño habitual, sin más, cuando pude haberle querido tanto.
Por no haber llenado de amor su corazón maltrecho.
Por ignorar su dolor.
Era mi tío Sarabia.
Se casó con una hermana de mi abuela y no tuvieron descendencia. A la muerte de esta, y según antiguas costumbres familiares, contrajo matrimonio con una sobrina, pasando a vivir la pareja a la casa familiar, donde vivían mi abuela, viuda, y otras dos hijas. El fortísimo matriarcado ejercido por la cabeza de familia tuvo mucho que ver a la hora de valorar la influencia de mi tío en esa casa y en sus habitantes.
Mi tía Rosi, soltera y muy segura de sí misma. Mi tía Luisa, la pequeña y la más mimada, con una hija, un hijo muerto, y viuda de Guerra Civil. Una amiga de Rosi, omnipresente en la casa, y mi abuela, como ya he dicho, al mando de todo.
Dado el carácter más bien flojo de mi tía Antonia, siempre condescendiente, pronto pasaron a ser una especie de huéspedes en un hogar donde todo lo decidían las mujeres, sí o sí.
Tuvieron una niña a la que llamaron María de los Ángeles, que les llenó de felicidad.
A los cinco años de edad, murió de difteria. Hasta ahí todo lo que yo sabía.
Mi tío se hizo mayor, y crecí viéndole como alguien muy maleable, sin opiniones propias, y sujeto siempre a la dictadura de sus cuñadas y suegra, algo que con los años se acentuó.
Murió y pasó por mi vida sin pena ni gloria.
Mi hermana Mari a veces me hablaba de él, pero yo no reconocía en sus relatos a la persona que yo había tratado. El internado y luego vivir en distintos lugares, ayudaron bastante a este desconocimiento.
A la muerte de mis tías, y teniendo que vaciar la casa donde habían vivido, hemos encontrado algunas cosas curiosas, y una de ellas ha cambiado por completo el concepto que yo tenía de mi tío Sarabia. Se llamaba Juan, pero todos le nombrábamos por su apellido.
Hemos encontrado unos cuadernos, en los que escrito con pluma, y con una exquisita caligrafía emborronada de vez en cuando por una lágrima caída sobre la página, expresa todo su dolor, un dolor terrible, por la muerte de su hija de cinco años.
Relata con toda serie de detalles su enfermedad: cómo por estar vacunada contra la difteria, el médico de cabecera se negó siquiera a mirarle la garganta, dando por hecho que el mal de la niña no provenía de ahí. Cada vez iba a peor y sólo cuando ya estaba a punto de morir, reconoció que padecía esta enfermedad y la mandó al especialista en condiciones extremas, muriendo a las pocas horas.
No tuvieron más hijos, y por lo que he leído, ella era su razón de vivir.
Pues bien, él le prometió escribirle cada día, y aquí tengo yo las cartas, llenas de amor y de dolor.
Aparte relata en verso, toda la historia de la enfermedad, desde que la niña tose por primera vez, hasta los geranios que planta en su tumba y que riega todos los días.
Según las fechas cambian los temas, y el de la festividad de los Reyes Magos pone los pelos de punta, cuando por la calle ve a los niños tan contentos con sus juguetes, y en su casa está guardada la mecedora infantil y la muñeca que ella les había pedido. Murió en diciembre, por lo cual los regalos ya los tenían comprados.
También recuerda las canciones que cantaba, su timbre de voz, e incluso los ejercicios que hacía en el colegio. Todo está en estos cuadernos.
Y yo me pregunto muchas cosas: él verdaderamente querría a su primera mujer, que fue con la que se casó ilusionado. Dos personas sensibles, cultas, trabajadoras e inteligentes. Al morir ella, como la mayoría de los hombres en esa época, aparte de sentirse solo, sería incapaz de llevar adelante su casa sin la ayuda de su mujer, y el clan familiar debió de decidir que lo mejor era apañar una boda entre el tío y la sobrina, aunque ambos estuvieran a años luz.
Si a eso le añadimos que mis tías y mi abuela decidían todo en esa casa, su existencia debería de ser bastante triste.
El nacimiento de la niña, buscada y deseadísima, le trajo una felicidad que hasta entonces no había conocido y se volcó en ella. Vivía por y para María de los Ángeles. Por eso su muerte lo sumió en una oscuridad emocional de la cual tardó muchos años en salir.
Esta es una de las cartas:

15/12/1946
Buenos días, hija mía.
Esta noche la he pasado toda viéndote agonizar. ¡Qué amargura! Qué trance tan duro para tu padre, viendo cómo se me iba aquel ángel de entre mis manos; llamándote y hablándote, cuando ya no me veías. Qué trago para tu padre, como tú me decías: "¡Padre!"
También tengo permanentemente en el pensamiento aquella sonrisa que me echaste en la clínica, tan dulce y tan llena de candor, sin duda agradeciéndonos que estábamos buscándote la vida.........................y qué dolor una hora más tarde, a las tres y media, cuando te tenía en mis brazos y ya no me oías.
Esta tarde voy a visitarte como lo haré todos los domingos que me resten de vida. Te lo juro. Al menos que me esté muriendo, y entonces qué dicha, saber que me voy contigo


Sin palabras.


6 de mayo de 2012

Mensaje para María Clara

Era mi madre. Una persona que sin merecerlo, fue muy desgraciada.
Cuando a mi padre lo eligieron para llevar una empresa importante, su día a día sufrió una mejora significativa y tuvo una vida normal, con altibajos, como todo el mundo, hasta que el veinticinco de agosto de 1968, cuando tenía 57 años y mientras sacábamos unas cosas del trastero, sus extremidades dejaron de moverse y de una manera fulminante pasó de ser una persona muy activa, a no poder valerse por sí misma.
Días en coma, angustias, nervios... pasó el peligro, pero quedó dañada para siempre.
Nos dijeron los médicos que ante cualquier contratiempo le podría repetir el derrame cerebral, pero se equivocaron. Aguantó como una jabata la marcha de mi hermana con tan solo 40 años, y la de mi padre. La muerte de ambos se produjo en el espacio de 20 días. Y ella siguió al pie del cañón.
Estando mi padre ya agonizando, la sacaron de mi casa para ir al entierro de mi hermana, y cuando volvió, para evitar que su marido sufriera, le ocultó la muerte de su hija, e hizo que en una casa vecina le quitaran el luto. Así, hasta que él también se marchó.
Vivió durante 35 años más, en el transcurso de los cuales sus problemas de salud se acentuaron debido a la edad.
Creo que tuve una madre muy valiente al decidir, que no resignarse, a seguir viviendo a pesar de que no tenía ninguna calidad de vida.
Nunca creí que me acordaría tanto de ella como me acuerdo. La tengo presente, le hablo, me río con ella... porque sé que está conmigo. Tenemos una complicidad difícil de explicar.
Su nombre fue María, pero en los papeles le ponían su segundo nombre, que nunca usó. Yo se lo decía a veces para intentar sacarle una sonrisa.
Siempre me rondó la duda de si mi comportamiento con ella fue el adecuado, si le di todo el amor que se merecía, porque la convivencia en esas circunstancias tan duras a veces era difícil. Me acuerdo mucho de ella y aunque ya no esté, vive en mi corazón.
Maria Clara, sabes que te quiero.

25 de julio de 2011

Buen viaje

Mientras escribo esta entrada, pedacitos de mi corazón vuelan hacia su nuevo destino, demasiado lejano para esta abuela que tantísimo les va a echar de menos. Ha sido un mes durante el cual los lazos se han estrechado más si cabe entre nosotros, y ahora, con la casa que grita un silencio desolador, oigo sus risas y creo verles en cada uno de los sitios que hemos c0mpartido: la piscina, la playa, la feria, el "nauticol", los juegos infantiles..., y he recogido sus juguetes mientras luchaba por dominar unas lágrimas, que rebeldes, se empeñaban de forma obcecada por lograr la libertad. He llenado mi tiempo con mil ocupaciones para no estar pensando en lo mismo, que a pesar de saber que no es definitivo, me atormenta. Yo también me marché con mi marido y mis hijos a conocer otros sitios y otras gentes, pero las madres siempre pensamos que nuestros niños, aunque tengan casi cuarenta años, están menos preparados que nosotros para afrontar el reto, que sin duda lo es, de dar un giro tan importante a su vida y quisiéramos evitarles los problemas que a partir de ahora tendrán que solucionar ellos solos. Ni el teléfono ni el Skype podrán sustituir a los momentos en que acunaba a mi niña preciosa, o veía la sonrisa de felicidad de Samuel cuando compartíamos secretos No sé si podré aguantar hasta Navidad sin veros. He estado todo este mes sin querer pensar en este momento, pero ha llegado, os habéis marchado, y la abuela esperará con ansia que llegue el día en que pueda abrazaros de nuevo.

28 de febrero de 2011

Mis compañeros de viaje

En los años de la adolescencia creamos unos lazos afectivos cuyos recuerdos nos acompañan el resto de nuestra vida ¿Por qué? Quizás porque a esa edad, nuestro grupo o pandilla, como se decía entonces, llega a ser más importante para nosotros que la propia familia; o quizás el motivo sea que estamos mucho más predispuestos a recibir y dar cariño, y en esa etapa difícil en que nos creemos incomprendidos por los mayores, ellos son nuestra válvula de escape y nuestro apoyo.
Sea por lo que fuere, a esos amigos no los olvidamos a pesar de los años transcurridos, y los llevamos con nosotros a través de los recuerdos o de las anécdotas que entonces nos sucedieron, y de forma inconsciente, guardamos sus caras y sus formas de ser como un tesoro, en esa mochila invisible que conforma nuestro bagaje de viajeros por este mundo.

Mis queridos compañeros de viaje no están todos en esta foto, pero sí la mayoría:

Ascensión, José Tomas, Amparo, José María, Antonio, Miguel Ángel, Ernesto, Finita, Manolo, María Teresa, , Francisco Manuel, Aurelina, Matías, Pilar, Mari Carmen, Virtudes, Abelardo, Constantino, Antonia, Gregorio, Antonio y María del Pilar.
Alguno falleció, con otros seguimos en contacto, y a algunos les perdí la pista, pero poco a poco los voy encontrando. Para todos ellos mi sonrisa de oreja a oreja y un besazo.
¡Ah! Yo soy la enfermera, y mi Antonio el africano.

24 de enero de 2011

Cierro los ojos y estoy allí

Delante de la casa: arriba a la izquierda la puerta y la ventana, el comedor de invitados, la siguiente ventana la cocina, y la puerta de la derecha la sala de estar. Las oficinas y la ventana del cuarto de invitados, abajo. Le sigue la puerta de hierro por donde se entraba, y en rojo el garaje.

Delante de lo que fue el garaje.

Un plano de la que fue mi casa durante quince años.


Me dio mucha alegría posar delante de estas paredes.

Este fin de semana he estado en mi pueblo, y andando andando fui a parar a la casa donde viví muchos años de mi vida: "La fábrica de Caralt".
Mi padre fue nombrado Apoderado-Delegado de la empresa Hilaturas Caralt-Pérez, y abandonando nuestro modesto hogar, nos instalamos en otro que poco tenía que ver con lo que habíamos conocido hasta entonces: muchas habitaciones, portero, servicio y cantidad de gente dispuestos a hacerle favores a mi padre para que se los tuviese encuenta, cosa que tratándose de mi progenitor resultaría del todo infructuoso porque honrado a carta cabal, no se casaba con nadie.
La vivienda se encontraba en el piso superior, y las oficinas y las habitaciones de los invitados, debajo. En la parte de enfrente, la báscula, la portería, la entrada al garaje y a una sala que la recuerdo llena de papeles de todo tipo............y algún que otro ratoncillo por allí corriendo. A lo largo de la fábrica había una serie de naves enormes donde se manufacturaba el cáñamo: espadado, rastrillado, prensado....y en una de ellas las balas de esta fibra llegaban hasta los enormes techos a la espera de los camiones que deberían trasladarlas a Barcelona.
La primera portera a la que conocí fue Ana, mujer que nunca olvidaré, y que esté donde esté, ella sabe el cariño que le tuve. Por las tardes, después de traerle la comida a los perros (la guardaban en un restaurante), y una vez que éstos ya se habían saciado, nos sentábamos juntas al lado de una estufa eléctrica mientras esperábamos ver salir a los ratoncillos a comerse las sobras que los perros habían dejado.. Como yo debía de ser una niña insoportable, mi madre se enfadaba conmigo, y siempre salía Ana en mi defensa:"María, déjela usted, mujer.......si es carne creciendo..."
También estaban Doloricas y María, cual de las dos más querida por mí.
Mirando el estado ruinoso de la casa, me vinieron a la cabeza muchos recuerdos: El comedor de invitados, santa santorun de mi madre y al que no nos dejaba apenas entrar, con un mirador celosamente guardado por unas cortinas de organdí blanco, cuyos volantes mi madre llevaba a encañonar a un convento de Orihuela.
La sala de estar donde ella, cada dia echaba hacia atrás la persiana de la puerta que daba al balcón y se sentaba a hacer sus labores....................a las seis de la mañana. Cubiertas de ganchillo, bordados y costura salieron de sus manos en este lugar, desde el que por San Roque, se podía escuchar la novena en la ermita del Santo. Cuando llegaba el lechero le echaba desde aquí con una cuerda la lechera y la remontaba lentamente de nuevo hasta el balcón.
La cocina era su mayor aliciente y se empeño en pintarla de unos colores imposibles (rosa y verde), pero como a ella le gustaba, pues todos cedimos a esa pesadilla de colores. En la mesa, preparaba todos los días el almuerzo a las diez de la mañana para mi padre y mis hermanas. Siempre lo mismo: anchoas en salmuera con ajos y aceite en medio del pan. ¡Qué rico me sabía!
Lo que llamo habitación polivalente, es porque unas veces era despensa, otras dormitorio y otras comedor, según convenía. Siendo etapa de despensa, dejó aquí mi madre un perol de bacalao meneao para Nochebuena, y cuando fuimos a buscarlo no quedaba nada, porque se lo había comido todo uno de mis perros, al que previamente le había abierto yo la puerta para que cogiera algo. Se la cargó el perro y me la cargué yo.
Y por el pasillo sigue mi habitación: una vez mis hermanas se casaron, me quedé yo sola con las dos estancias. Era mi refugio, mi mundo, donde yo me sentía agusto. Muchas noches asomada a la ventana contaba las horas que daban las campanas en la torre de la iglesia y era feliz viendo las estrellas hasta el amanecer. Cada noche, ante el espejo del armario ropero, ensayaba pasos de ballet clásico, soñando con ser el día de mañana una gran bailarina. Mi cama estaba pegada a uno de los radiadores, y cuando por la mañana oía a Doloricas que llegaba, me acurrucaba junto a él porque sabía que su primera misión era echar la leña para que se pusiera en marcha la calefacción. Ese calorcito en la mañana era una delicia. Aquí, hasta los diecisite años, cada mañana me traía mi madre el chocolate a la cama. Y también aquí, cuando estaba enferma, repasaba los cancioneros de Rocío Dúrcal y Marisol.
Y seguía la habitación de mis padres, que la recuerdo enorme, a dos alturas, y donde se encontraba el teléfono, con el número 22 escrito. Cosa curiosa, tenía un lavabo con un espejo.
La que denominábamos el despacho era otra estancia, que utilizábamos como trastero y a la que no me gustaba entrar por si me encontraba algún ratón. De nefasto recuerdo, ya que un día al encontrarnos mi madre y yo desenredándola, me dijo que no podía mover el brazo y fue el comienzo del derrame cerebral que la imposibilitó de por vida.
La terraza era grande, con el tendedero, y unos lavaderos donde los lunes una señora, nos lavaba la ropa. Al lado, una pequeña cocina donde algunas veces se hacía costra de la forma tradicional, o sea, con el capuchón de hojalata y las agramizas por encima. Algo así como un sombrero de mariachi, cuyos rebordes guardaban el fuego y hacían subir el huevo en el perol.
En el descansillo de la escalera, mi Antonio y yo nos dábamos el último beso antes de entrar al hall, donde años atrás, mis hermanas se sentaban con sus novios en sillones, en lo que se llamaba "festear", que no era otra cosa que pelar la pava.
Al lado del hall una pequeña habitación donde estaba la máquina de coser de mi madre, a la que seguía un mini aseo, en el que una vez escondí un gato sarnoso, y ya siempre tuvo el mal olor de ese animal enfermo.
El baño, lo recuerdo todo blanco y con una bañera enorme.
Daba al cuarto de la plancha donde mi madre tenía sus arcones y la mesa con la tabla de planchar. En un lateral puso a lo largo de toda la pared, una barra para colgar ropa, y abajo para poner los zapatos, que llamábamos "las perchas". Era un sitio que valía para todo. Después de tener mi madre el derrame cerebra, pusimos aquí la tabla con correas donde la colocábamos para ir levantándola cada día un par de centímetros. Se mezclan los recuerdos buenos con los malos.
Y al lado, antes de salir al pasillo, otra habitación que lo mismo era comedor que dormitorio, según convenía, aunque yo la usé mucho más para comer, y donde había un armarito en el que siempre había cosas dulces.
Así era mi casa, con unas ventanas de cuadraditos de madera, que eran el terror de las limpiadoras y de mi madre por lo difíciles de limpiar.
El garaje era muy grande y con toda clase de herramientas, que naturalmente mi padre no tocaba, porque no tenía ni idea.
Y ahora una anécdota: teníamos un seiscientos, eso sí, con chofer con su gorra correspondiente. Se llamaba Antonio Cortés y era el encargado de llevarme al colegio y de trasladar a mi padre por la huerta en las gestiones de la compra del cáñamo.
Pasé aquí quince años de mi vida, pero no la veo con nostalgia. Fue una etapa que pasó, aunque los recuerdos me acompañarán siempre.
Me ha gustado volverla a recorrer.

21 de julio de 2010

Cómo cambiaron las cosas...

Cómo han pasado los años...
Cómo cambiaron las cosas...
Esta canción se la oía cantar a Rocío Dúrcal, y siempre me gustó. Ahora viene a cuento de que he cumplido 38 años de vida en común con la misma persona e inevitablemente echo la vista atrás, a nuestro primer encuentro de inocente adolescencia, lleno de tabues, pero también lleno de ilusiones y espectativas. Seis años de noviazgo al uso, de caricias y besos robados en oscuros rincones, testigos de nuestro despertar a las pasiones de unos cuerpos jóvenes y en plenitud de facultades.
Entonces apenas se hablaba de relaciones sexuales, porque se daba por hecho que eso pertenecería a otra fase de nuestra vida, ya como marido y mujer, y algún que otro familiar nos decía: "El matrimonio es un arca cerrada, y hasta que no se abre, no se sabe lo que hay dentro".
Y esperábamos con ilusión que llegara el momento de abrir ese arca tan misteriosa.
Nos casamos un 15 de julio a las cinco de la tarde (qué calor), y tantas ganas tenía mi Antonio de verme de novia, que me recogió antes de hora y llegamos los primeros a la iglesia, teniendo que esperar en la puerta a los invitados.
Nos marchamos a pasar la noche de bodas al hotel La Zenia, porque hasta el día siguiente no salía el avión para Mallorca, y fue realmente una noche mágica, en la que varias veces pedimos al servicio de habitaciones que nos subieran champán.
Ya en Mallorca, nos sucedió una anécdota: yo por aquel entonces estaba de muy buen ver y me fui a meter al agua, en la playa de Illetas. Antonio se quedó en la sombrilla cuidando de las cosas que llevábamos.
De pronto, noté que alguien me abrazó por la cintura, y al darme la vuelta vi a mi flamante marido a puñetazo limpio con el que me estaba abrazando, y con los amigos, que salieron despavoridos del agua, ante la lluvia de guantazos que les estaba cayendo. El pobre llevaba los dedos sangrando y yo me sentí muy orgullosa de él.
Han pasado los años, unos más fáciles que otros, pero aquí estamos. Tenemos tres hijas maravillosas y cuatro nietos que son nuestra felicidad, ahora ya con la calma y la templanza suficiente para disfrutar de las pequeñas cosas, y de vivir plenemente cada día sin grandes metas por lograr, porque afortunadamente nuestros sueños de juventud se cumplieron.
Y cambiaron las cosas...
Claro que cambiaron. Mis hijas, como todos los de su generación, han tenido mucho más fáciles las relaciones con sus parejas, han ido y venido por donde les ha dado la gana, y las arcas cerradas las tiraron al fondo del mar. Todo es más limpio, más claro, sin tapujos, pero... yo no cambiaría mi inocente adolescencia por la permisividad de estos tiempos.
La foto es del día de mi petición de mano.
Cómo han pasado los años...
Las vueltas que dio la vida...

12 de mayo de 2010

Toc, toc...


Toc, toc... ¿Abuelita...? Abuelita... ¿estás ahí? Soy yo... Lucía.
Ya sé que tienes mucho sueño, que llevas dos noches sin dormir por tenerme en los brazos para que no llore, y que mi sonrisa, dulzona y casual, te ha borrado de la memoria los cafés que has tenido que tomar para que los ojos no se te cerraran.
Me has dicho muchas veces lo bonita que soy y que me parezco a mi hermano Samuel, los dedos de las manos tan largos que tengo, o has hecho alusión a mi color de pelo, en un feliz monólogo, abiertamente y sin disimulos, asombrándote de que la Naturaleza haya puesto en mí tal cúmulo de perfecciones, que son las que tú me ves.
Yo no sé si cuando sea mayor seré más o menos guapa que mis primos Daniel y Marina, o que mi hermanito Samuel, pero sé que tanto ellos como yo nos esforzaremos en ser personas de bien para que te sientas muy orgullosa de nosotros, y también sé que estarás siempre apoyándonos y ayudándonos a levantarnos cuando tropecemos, porque como tú bien dices, la familia es algo muy importante en la vida de las personas.
Abuelita... ¿estás ahí? Soy yo… Lucía.
¡Ya estoy con vosotros!

2 de mayo de 2010

Me felicito en el día de la madre

Hoy es el día de la madre, y por eso yo me felicito: por haber tenido la suerte de parir tres hijas como tres soles, que son mi felicidad y mi ilusión de cada día.
Les doy las gracias por haber llegado a mi vida y procurarme tantos momentos de achuchones, conversaciones, risas, lágrimas, discusiones y tranquilidad. De todo ha habido, pero prima por encima de todo el amor que siento por ellas, por mis niñas, que siempre lo serán para mí.
Y también me felicito porque gracias a ellas, tengo unos nietos que me hacen estar todo el día con la sonrisa en los labios: Samuel, Marina, Daniel, y a escasas horas ya de nacer, Lucía.
Por eso no espero que nadie me felicite en el día de hoy. Ya me felicito yo por tenerlos a ellos.
Es un error creer que los hijos son algo nuestro, y nunca pensé que mis hijas fuera de mi propiedad, pero sé que yo soy enteramente de ellas.
Os quiero, Carola, Amaya y Marina. Gracias por llenar mi vida.

23 de abril de 2010

Tuyo... Francisco

Hoy, además de ser el día del libro, para mí es una fecha muy especial: la del aniversario de boda de mis padres.
Se casaron un veintitrés de abril del año mil novecientos veinticinco, y vivieron juntos muchos años, hasta el fallecimiento de mi padre. Mi madre le siguió casi treinta años después.
Él era diez años mayor que ella y lo tuvieron muy difícil para poder tener una relación normal, ya que esa diferencia de edad, hacía que mi madre, con doce o trece años nada más, pareciera más niña de lo que era.
Un día, mi padre le escribió una carta, que yo guardo, y que cada 23 de abril mi madre me leía, aunque se la sabía de memoria.
Hoy les quiero hacer este pequeño homenaje y dejarla escrita aquí:
Mi querida María: son las dos de la mañana cuando me pongo a escribirte y pienso en ti, en tu estado, y parece que te veo en un sueño tranquilo durmiendo como un ángel; duerme en paz, que tus sueños están guardados. Los guarda el hombre que te quiere, el hombre que se desvela por ti, el que te lleva grabada en su mente en todo momento, el que sin ti no podría vivir.
Es tanto lo que has profundizado en mi corazón que has llegado hasta el fondo de él y has dicho: "Despierta ya, que está aquí la mujer que tu soñabas". Sí, tú eres la mujer de mis sueños, la mujer culta y bien educada... ¿Cuándo llegará el día en que yo pueda contarte todas mis penas y alegrías y participar los dos de lo bueno y de lo malo? ¿He dicho malo? ¡No! Todo será bueno, todo será felicidad completa.
Cuando yo llegue y tú me esperes tan hermosa, con tus cabellos de un reflejo deslumbrante, con tus ojos fascinadores , y yo esté tan cerca de esa carita de marfil, me creeré el hombre más feliz de la tierra, porque tú me has conquistado.
Tenemos el problema de nuestra diferencia de edad, pero... ¿Qué tiene de malo si yo te sabré esperar? Si a los trece años cumplidos eres ya una mujer capaz...
Díme que sí, amor mío,
acepta mi proposición,
y recibe como prueba
de este bendito amor,
este beso que fundido
está en nuestro corazón. Tuyo... Francisco

22 de abril de 2010

Mil gracias por conocerla, bella Sara.


A medida que una cumple años, cree, equivocadamente, que pocas cosas pueden ya sorprenderla, o quizás abandonada en un dejà vu, llega a la conclusión de que se conoce previamente la reacción que tienen las personas de distintas edades, ante ciertas situaciones
Y una, que tiene por ahí algunos buenos amigos, y que presume de ello, encontró un día a la bella Sara y se le rompieron todos los esquemas.
Es algo mayor que yo, pero sólo en años, y tampoco muchos. Absolutamente al día de toda la actualidad, es una señora que sabe estar, escuchar, mantener una agradable conversación, culta, divertida, y muchas veces genial.
Rebelde y tierna, siempre con un aspecto estupendo, que nunca descuida. Da gusto verla con qué gracia se coloca un pañuelo, o la elegancia con la que sabe lucir sus joyas.
Bella Sara, tan bella por dentro como por fuera, tienes que seguir así: con esa mirada llena de sabiduría e ingenuidad a la vez, para que los que venimos detrás aprendamos a cumplir los años como tú lo haces, llena de vitalidad y buen humor.
Y entre nosotras, ahora que nadie nos oye: no te compres el bastón, que hace mayor.
Un abrazo muuuuuuuuuuuuy fuerte, Sarita.

20 de febrero de 2010

Muuuuuuchos años atrás



Un comentario en una entrada del blog, me llevó de pronto a un lugar muy lejano en el tiempo, pero tan presente, que no me resultó difícil poner en marcha la moviola y echar atrás años y años.
En "Museos curiosos" tengo una foto en la que estoy sentada en un autobús, especial para mí, ya que era el que hacía la ruta en el barrio de Benalúa de Alicante, donde yo estudié interna en el colegio de las Teresianas. (Son religiosas seglares)
Pues bien, unos chavales que están recopilando la historia del barrio, con muy buen hacer y fortuna, me dijeron que les interesaba la foto, y me preguntaron si me acordaba de ciertas cosas relacionadas con el colegio.
Me hicieron feliz, porque ese sitio significa para mí unos años muy bonitos que nunca he olvidado, y sigo soñando con él ahora igual que antes.
Gracias a estos chavales (http://www.barriobenalua.es), he sabido que el Centro se ubicó en una antigua clínica (Carbonell), después de la guerra, y que anexionaron al colegio la finca de al lado, que efectivamente se veía que no guardaba relación con el otro edificio.
Junto al nuestro, había un chalé que era nuestra pesadilla, pues corría el rumor de que lo habitaban fantasmas, perteneciente a los Prytz. Cuando anochecía, ya no pasábamos por la valla que lo separaba del nuestro, por lo que pudiera pasar, pero es que era tétrico, deshabitado y con murciélagos por los torreones. Para unas niñas, muchas papeletas para salir corriendo.
Bueno, pues muy amablemente me han mandado la historia de ese chalé y me he enterado de muchas cosas que no sabía. Gracias, chicos.
Y mi mente se ha puesto a trabajar: una escalinata grande que daba acceso a la "parte noble" del colegio, el comedor, los patios, las clases, la capilla, los jardines, las habitaciones, la secretaría, la tienda de material con la señorita Bastarreche al frente, el coro con la señorita Muñoz, encantadora... mi tutora de tercero la señorita Valls, a la que adoraba y de la que llegué a creer incluso que me había enamorado... pero es que la quería tanto que confundía los sentimientos. Ahora lo pienso y me entra la risa al recordar la escena y la cara que me puso la pobre mientras me aclaraba el caos que yo tenía en mi cabeza a los trece años.
Llevaba un baby blanco, con tablas, que me hacía cuatro veces más gorda, y encima, crecedero, y atado al cinturón y enrollado, el velo blanco que nos poníamos al entrar en la capilla, que nos llegaba hasta la cintura.
Me acuerdo de mis compañeras de clase y haciendo un gran esfuerzo he podido llegar hasta la D en la lista de 3ºA: Albero, Algiler, Alvarez, Arenas, Arenillas, Baeza, Barceló, Briasco, Canales, Carbonell, Carmona, Díez, Devesa, Dors... y les he puesto cara. Luego ya por la V, Valdés, Vidal... 
Todas externas menos Vidal y yo (Canales). Sólo éramos veintitantas internas y parecíamos una gran familia, hasta el punto de que podíamos ir a casa un fin de semana cada mes, pero preferíamos quedarnos allí.
A las siete nos levantábamos, aseo, misa, desayuno, a esperar la hora de clase, recreo, otra vez clase, estudio hasta la hora de comer, comida, recreo, clase, merienda, clase otra vez, rosario, y estudio hasta la hora de cenar, cena, rato en la capilla para meditar y a la cama.
Los domingos nos llevaban a pasear o al cine de los Jesuitas, que nos gustaba más porque al menos veíamos chicos.
Fueron cuatro años preciosos que siempre estarán dentro de los mejores de mi vida, rodeada de una gente estupenda, tanto compañeras como profesoras.
La foto corresponde a una de las salidas, que nos llevaron al puerto, y estamos Pilar Cayuelas, Mercedes Castaño, Atala Crespo, Carmen Ercoreca, Julia, Mª Salud y yo, la primera por la derecha.
Pongo los nombres, por si en una de esas casualidades de la vida, llegara este blog a alguna de ellas.

2 de febrero de 2010

Bienvenido a casa


Ya estás con nosotros y has superado con creces todas las espectativas que había en torno a tí.

Has nacido mediante una cesárea, y aunque mamá tarde algo más en recuperarse, tú has llegado precioso, con una carita redonda y mofletuda y unas manos grandotas, muerto de hambre buscando sin cesar el pecho de tu mami. Eres un bebé rollizo, con más de cuatro kilos de peso, sano y guapísimo, y todos nos sentimos felices.

Ahora, a crecer y a mirarte en el espejo de tu familia para ser una persona de bien.

Te prometo darte todos los caprichos que me pidas, pero tiene que ser un secreto entre los dos, para que tus papás no se enteren.

¡Bienvenido a casa!

Llegarás mañana


Y por eso hoy me es difícil conciliar el sueño. Doy mil vueltas en la cama con el estómago lleno de mariposas y la cabeza de un sitio para otro pensando sobre todo en ti.

Todas las incógnitas que ahora me invaden, mañana serán ya pasado, porque el presente serás tú, y cómo yo te he imaginado ya no contará para nada al verte y tenerte en mis brazos. Traerás ese olor inigualable de los recién nacidos y nos haremos más pequeños que tú ante el milagro de la vida.

Ya no será mañana, sino hoy, dentro de unas horas, cuando vayamos a conocerte y seguro que se nos escapará más de una lágrima ante la emoción de ver tu carita.

Da lo mismo a quién te parezcas, o como sea el color de tus ojos y tu pelo. Si llevamos nueve meses queriéndote ya, esas cosas no van a importarnos demasiado, pero si que deseamos que llegues a este mundo sano y fuerte.

Todo está dispuesto para tu nacimiento, y tu cuna todavía vacía, te espera.

Hasta luego, Daniel.