Bienvenidos a El mirlo de papel

Soy Varech y ando por la Red desde hace un tiempo, lo cual me produce a veces quebraderos de cabeza aunque la mayoría de las ocasiones me satisface.

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7 de septiembre de 2009

APROCUSE


Caperucita miró su reloj y se dispuso a salir rápidamente para asistir a la reunión de la APROCUSE.
Se atusó sus trenzas, recompuso su caperuza y cogió la cesta que siempre la acompañaba, aunque ahora no llevaba la merienda para su abuelita, sino fotografías, recortes de periódico, un bloc de notas, lápiz para escribir y los estatutos de la nueva asociación que había creado junto a otras amigas, con su misma problemática.
Nada más salir de su casa, un viento incómodo le levantó la falda y pensó que era la última vez, que hoy mismo se compraría unos pantalones aprovechando que bajaba a la ciudad. Cogió el todo terreno y se internó en el bosque, aunque fue por un atajo para no tener que andar saludando a los leñadores y cazadores que se encontraba por el camino, ya que estaba harta de hacer lo mismo diariamente durante tantos años. ¿Y el lobo? Pues no era pesado el tío, con la misma preguntita.
Aparcó a la entrada de la gran ciudad y se dispuso a coger el metro. Todos la miraban extrañados: “Va disfrazada de Caperucita Roja”, “Pero si no es carnaval”, “Pues está buenorra la niña ésta”, “Hola, soy tu lobo…..”
Les lanzó una mirada, que ni el mismo Perrault hubiera imaginado y pensò :”Atajo de gilipollas”
A uno que osó tirarle del lacito del delantal, le dio un rodillazo en sus partes que se le quitaron las ganas de hacerse el gracioso, y a los que le preguntaron por su abuelita los mandó directamente a la mierda.
Cuando llegó a la estación convenida, muy dignamente se bajó y salió a la calle dirigiéndose a la cafetería donde había quedado con sus compañeras.
Allí la estaba esperando Blancanieves, rodeada de una multitud de turistas que querían inmortalizar el momento haciéndose una foto con ella, creyendo que se estaba rodando un anuncio de televisión.
Rapunzel llegó en taxi, pues sus largas trenzas le impedían a veces andar con normalidad.
Cenicienta apareció con gesto divertido, porque debido a su aspecto andrajoso, había sacado unas monedas en el metro y le iba a salir gratis la merienda.
Después de media hora de espera llegó La Bella Durmiente, que como siempre, andaba sumida la pobre en un sopor constante, y que pidió un café para espabilarse nada más entrar en la cafetería.
Ya estaban reunidas las mujeres pertenecientes a la Asociación de Protagonistas de Cuentos Sexistas y antes de empezar la sesión y mientras merendaban, cambiaron impresiones sobre cómo habían llegado hasta allí.
Blancanieves era la que más enfadada llegó y se había negado a hacerle la cena antes de venir a toda la panda de enanos que estaban a su cargo. Además tenía un lumbago tremendo porque en la mañana había tenido que cambiar la ropa de las camas y le dio un pinzamiento la L 5.
Cenicienta se había escapado sin avisar y por eso no se había podido cambiar de ropa, pero les puso en la comida a las hermanas y a la madrastra un laxante para que estuvieran entretenidas hasta que volviera. Quería aprovechar para comprarse unos zapatos, que los de cristal eran muy duros y un verdadero peligro, por bonitos que fueran.
Rapunzel había concertado hora en “Pelos”, pero al verla arrastrando las trenzas, le dijeron que tenían trabajo para todo el día y no se pudo quedar. Fue a la farmacia a comprar paracetamol, porque le dolía mucho la cabeza, de tanto subir gente por sus trenzas hasta la torre. Y de las cervicales ni hablemos, que estaba hecha polvo.
Y por último, La Bella Durmiente, que se levantó como pudo, desayunó leche agria con una magdalena dura comprada hace cien años, le cogió prestado al príncipe el caballo y se adentró en el bosque donde se perdió, pero encontró por suerte un guarda forestal que le indicó la carretera más próxima y le prestó dinero, pues con tanto dormir no le había dado tiempo a cambiar monedas, y cabalgó hasta la parada del autobús que le condujo junto a sus amigas.
Allí, en la cafetería, iban a hablar de su pasado, de su presente y sobre todo de su futuro, vestidas como en los cuentos de los que son protagonistas.
Cuando vuelva a tener noticias de ellas, os lo diré, y mientras tanto, si os las encontráis reunidas, no penséis que están rodando un spot de televisión o que es carnaval. Son ELLAS, así que saludadlas y uniros a su causa.

6 de septiembre de 2009

Cenicienta




Érase una vez una niña guapísima y buena que vivía con sus padres en paz y armonía, sin ocuparse de otras cosas que de cepillarse sus largos cabellos y reventarse las espinillas mientras esperaba, como todas las de su época, la llegada de un hombre (si era príncipe mucho mejor, porque les solucionaría la vida a toda la familia), que la colmara de atenciones y la luciera cual jarrón de Sèvres por los salones de las casas nobles.

Pero mira tú por dónde, que su madre, aquejada de una desgraciada enfermedad murió, y su padre se casó rapidito porque no sabía hacer nada y le hacía falta una mujer que llevara las riendas de la casa.

Una señora más mala que la peste, que se había quedado viuda con dos hijas y por tanto desvalida sin un varón a su lado que le sacara las castañas del fuego, se enteró y lo engatusó arreglando la boda en un plis plas.

Por más que Cenicienta (de la que no se sabe el nombre), protestó y quiso abrirle los ojos a su padre, éste, que estaba ya con aquello de que tiran más dos... que dos carretas, no le hizo ni caso y contrajo nupcias con la susodicha mujer.

Al principio todo iba bien, pero el papá de la niña tuvo de marcharse nunca se supo dónde porque no volvió, y se quedó nuestra bella protagonista en la casa con la cruel madrastra y sus dos hijas, que aprovechándose de la situación la explotaron tanto laboral como sentimentalmente, aunque ella en el fondo las quería, que para eso la habían educado en aquello de poner la otra mejilla, y no ganaba para disgustos.

La pobre se encargaba de las peores tareas (lo que más tarde llamarían "sus labores"), que en aquellos tiempos debian de ser muy malas, mientras sus hermanastras se dedicaban a gastar todo el dinero del padre en ropas y joyas.

Cuando se lo pulieron todo, la única solución que les quedaba era casarse con un hombre rico, y un buen día, vieron una publicidad en la puerta del dentista, que informaba de que el príncipe del reino iba a dar un baile para elegir esposa y, se les pusieron ojos de gambas, sólo de pensar en ser ellas las afortunadas: confeccionarían unos lujosos vestidos y asistirían al baile del palacio.

Y aquí tenemos a Cenicienta cosiendo semejantes ropajes con las cortinas viejas ( aquí debió inspirarse la señorita Escarla), y eso que en aquellos tiempos no existía el Burda ni se había inventado el dedal. Pero de sus manos salieron los más preciosos vestidos que imaginarse pueda, y sin tener el titulo de peluquera les hizo unos peinados espectaculares que les sobresalían medio metro por encima de la cabeza, y terminaban en abultados tirabuzones en los hombros.

Cenicienta que estaba ya hasta el moño, nunca mejor dicho, les escondió los sencillos abanicos para que sudaran como carreteros toda la noche y se les estropeara el maquillaje, aunque luego, como era buena, se los devolvió.

Y se marcharon las tres como tres árboles de Navidad camino del palacio.

Y aquí empieza lo más triste del cuento: el llanto de la niña por no poder asistir al baile.

Rebozada en cenizas andaba cuando su hada madrina se le apareció para consolarla, cosa imposible porque aunque fuera buena, no podía controlar la rabia que le atenazaba la garganta y los sollozos se escucharon en toda la comarca.

Cuando Cenicienta vio a su hada (¿Es que ya la conocía de antes?) le contó todo el pastel, pero esta arregló el asunto en un santiamén: cogió una calabaza que había por allí, cuatro ratones, y en ná de tiempo le hizo una carroza (si llega a tener un calabacín le hace una limousine), y transformó a los roedores en lacayos con sus trajes y todo.

¿Y el vestido? Puesta a pedir... Para el hada madrina no fue ningún problema porque había puesto por la mañana a cargar la varita mágica, y la tenía a pleno rendimiento, así que con un toque... ¡KLIN! La transformó en una dama y le ayudó a subir a la carroza, partiendo la niña al encuentro que cambiaría su monótona vida.

Cenicienta era buena, pero igual de tonta que sus hermanas, y allá que se fue a la subasta de jóvenes casaderas, que era lo que parecía aquel baile. ¿Era también a lo único que aspiraba? ¿A que sin conocerla de nada el príncipe pusiera sus ojos en ella y le dijera a su padre delante de todos: "Pápa, me gusta ésta, cómpramela"?

¿Esta muchacha tan buena no tenía inquietudes, no era lista, no era valiente para cambiar su vida, no tenía virtudes además de ser una sufridora nata? Nada, neurona y media.

Bueno, pues llegó al palacio y nada más entrar todos los ojos se volvieron hacia ella, y lució espléndida como un florero de porcelana. El príncipe, que quería regar el florero cuanto antes, bailó toda la noche con ella dejando de lado a las hermanastras y a las cientos de mozas que habían acudido a la tómbola a ver si les tocaba el premio.

De vez en cuando, nuestra protagonista iba al lavabo a ponerse tiritas en los pies, porque los zapatos de cristal le estaban haciendo ampollas y al príncipe parecía que le habían dado cuerda bailando, pero como era muy sufrida, aguantó.

Tan absorta estaba escuchando todas las estupideces que el apuesto príncipe le contaba, que no miró el reloj y cuando oyó dar las campanadas se marchó corriendo, no sin antes quitarse el zapato que más le molestaba, para ir más rápido antes de que los lacayos se volvieran ratones que le daban mucho asco, pero no lo consiguió, y casi sin poder andar volvió hasta su casa.

Se acostó y soñó, como no podía ser de otra manera, con el guapo joven que había conquistado su corazón. Y recordó sus profundas palabras: "Pápa, me gusta ésta, cómpramela". No era para menos.

Las hermanastras volvieron del baile echando chispas porque no habían tenido ningún éxito, sin sospechar, vive Dios, que Cenicienta era la bella y misteriosa dama del baile.

Entretanto, el príncipe, que ya se había hecho ilusiones de regar el florero, mandó buscar por todo el reino a la propietaria del zapato de cristal, para casarse con ella. Esta decisión es la prueba evidente de que le importaban un pepino los valores que pudiera tener la muchacha y que él sólo estaba a lo de la regadera. Y si la flor era bonita, olía bien y podía lucirla, pues mucho mejor.

Y todos los criados con el zapato para arriba y para abajo más de un año, sin encontrar a la propietaria, porque era un 34 y no le cabía a ninguna. Digo yo que podía haber empezado por convocar a todas las que tuvieran este número de pie ¿O no? ¿Y eso de ponerle un pie tan pequeño, qué significa, que las que gastamos el cuarenta y uno no valemos para principesas?

Bueno, sigamos. El heraldo llegó un día a la casa de Cenicienta y las hermanas intentaron meterse el zapato, pero aparte que le faltaban tres números, el cristal es un material que no da nada de sí el muy puñetero, y fue del todo imposible.

Y hete aquí (tachán...) que salió nuestra niña queriéndose probar ella el zapatito, ante las risas de su madrastra, pero ella sin hacerle caso, se sentó, metió el pie y ... consternación general.

¡¡¡¡¡¡¡¡Ohhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!

Enseguida llamaron al príncipe para darle la buena nueva, y éste se desplazó hasta la casa de Cenicienta con su padre, y delante de todos dijo: "Pápa me gusta ésta, cómpramela", le pidió la mano a la familia, se casaron enseguida para empezar a regar el florero, y fueron muy felices, como era habitual.

Han pasado los años, y Cenicienta reivindica:

1º.- Un nombre.
2º.- Sacarse el graduado escolar.
3º.- Que su padre vuelva del viaje.
4º.- Un criado en la casa para compartir tareas.
5º.- Que le compren un dedal.
6º.- Que el príncipe la quiera para algo más que regarle la flor.
7º.- Que la carroza no desaparezca, para no tener que volver a pie.
8º.- Que le cambien los ratones por perros que le gustan más.
9º.- Que le amplien el horario de vuelta a casa.
10º.- Que los zapatos sean de piel, que los de cristal le hacen ampollas.

20 de mayo de 2009

La Bella Durmiente del Bosque


En un país muy lejano (todos estaban a tomar por saco), vivían unos reyes cuya máxima ilusión era tener un hijo, pero su deseo no se veía realizado y a la reina se le pasaba el arroz.
Por fin la reina dio a luz a una niña de la que no sabemos el nombre, y sus papás hicieron una fiesta enorme, a la que a Dios gracias no me invitaron porque el cubierto debía de valer un huevo.
Se invitaron a siete hadas que eran nacidas en el reino y pusieron una mesa que era como el escaparate de una joyería: tenedores, cucharas, cuchillo de carne, pala de pescado, y el conjunto de postre, todo en oro y como detalle no dieron jabones, ni bombones, ni la foto de la niña ni nada de eso, sino una caja de oro macizo para guardarlos y que luego les sirviera a las hadas para meter allí sus cosas de costura o sus colecciones de llaveros.
Después de ponerse morados de comida, vinieron los regalos de las hadas:
La primera le regaló el don de ser la más bella del mundo.
La segunda, tener el alma de un ángel.
La tercera, que tuviera una gracia admirable.
La cuarta, que supiera bailar muy bien.
La quinta, que tuviera una voz preciosa y supiera cantar.
La sexta, que supiera tocar todos los instrumentos musicales.
Aquí voy a hacer un inciso: ¿A esta niña la preparaban para ser reina el día de mañana, o para entrar en Operación Triunfo? Ninguna le dio inteligencia, intuición, dignidad, facilidad para estudiar alguna carrerilla, que entonces no había selectividad…………………no, no……………..directa a la Academia de OT.
Bueno, pues ahora entra en escena el hada vieja y mala que hay en todos los cuentos, y como no la habían invitado, se pilló un rebote del quince y dijo lo que todos ya sabemos del huso. Por más que le pusieron un cubierto de oro, ella quería el detallito de la caja y ya no había más. Muy mal hecho por el que organizara la fiesta, porque qué menos que comprar algún regalito de más por si surgía algún compromiso.
Entonces el hada que quedaba por concederle el don, apareció y dijo aquello de que no moriría, sino que dormiría cien años, hasta que (se admiten apuestas), viniera un joven príncipe y con un beso la despertara.
Cuando la niña (sin nombre) cumplió quince añitos, subió a una torre y encontró a una anciana que como tenía demencia senil no se había enterado de la prohibición, hilando con un huso que la niña tocó por atolondrada (vaya, sería culpa de la niña), se pinchó y como consecuencia cayó desmayada.
Como los de primeros auxilios estaban de permiso, le echaron agua en la cara, la desabrocharon, le golpearon las manos y le frotaron las sienes con agua de Hungría, que era un agua estupenda que le traían a la reina para que no le doliera la tripa cuando tenía el periodo.
Nada de nada, allí estaba roncando como una descosida.
La pusieron sobre una cama de oro y plata y esperaron a que llegara el hada con las órdenes pertinentes, porque no sabían qué más podían hacer.
El hada, que había vuelto de hacer unas compras en Mataquín, ordenó que todos durmieran igual que la princesa, menos los reyes, que se marcharon a otro país y se murieron de viejos. Ni una vuelta le dieron a la pobre.
Pasaron cien años y un día que un príncipe paseaba por allí, vio entre la maleza la torre del castillo y preguntó a un aldeano, el cual le contó la historia de que allí dormía una princesa que sólo sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.
Y el chaval dijo: “Pues ese soy yo” Y allá que se fue tan joven y tan valiente hacia la fortaleza.
Conforme se acercaba, los ronquidos eran atronadores: más de quinientas personas roncando al mismo tiempo (y luego nos quejamos porque UNO ronca a nuestro lado).
Bueno, pues la encontró toda llena de polvo, de bichos durmiendo por allí, de telarañas, y pensó en irse, pero haciendo de tripas corazón le dio un beso en la boca y entonces se despertó la niña y le dijo: “¿Eres tú el príncipe mío? Creí que no llegarías nunca” (¿Pues no estaba durmiendo?) Y cuando abrio los ojos y lo vio, se preguntó si había valido la pena esperarle durante cien años, porque era un calco del Fari. Llamó a su hada madrina y le preguntó si se lo podía cambiar por otro o dejarla soltera, que ya se buscaría ella la vida, a lo que el hada le contestó que no, que el cuento era así y que ella tenía que sentirse feliz de que un príncipe quisiera hacerse cargo de ella, porque a ver qué iba a vivir si sólo la habían preparado para O.T. y aún no se había inventado.
Se atusó los cabellos, que después de cien años sin lavárselos más que una melena tenía rastas, y el príncipe se dio cuenta de lo antigua que iba vestida pero no le dijo nada porque no se sintiera mal. Se dirigieron al comedor donde había una mesa puesta (¿Cien años?) con ricos manjares, se hincharon a comer porque tenían el estómago muy vacío, y la misma noche les casó el capellán del palacio, porque entonces la mayoría de edad de las mujeres sería a los diez años más o menos.
Y el cuento de los Hermanos Grimm termina aquí, pero Perrault sigue y sigue con sus cosas, que hay que ver lo morboso que era el hombre.
Al otro día, el príncipe se marchó a su palacio y no le dijo a sus padres que estaba casado, por lo cual aprovechaba cuando se iba de caza para ver a su mujer y así pasaron los años y tuvieron una niña a la que pusieron Aurora y un niño al que pusieron Dia (menos mal que no le pusieron Carrefour), pero la reina, mala, mala, mala………………intuyó que algo pasaba, que no es mucho intuir después de un montón de años, y preguntó a los aldeanos, quienes le contaron la historia.
La reina que era ogresa, salía todos los días al bosque a comer carne fresca y le dijo a un sirviente que le cocinara a la niña Aurora en salsa, pero al hombre le dio cosa y mató un conejo y se lo puso al ajillo diciéndole que era la princesita. Como a la reina la habían preparado de pequeña también para Operación Triunfo, no se percató de la diferencia de huesos entre un humano y un conejo y ni lo notó.
Otro día le dijo al mismo sirviente, que estaba ya hasta los cataplines de los gustos de la reina, que se quería comer a Dia, y el buen hombre mató una paloma y se la puso con salsa inesperada de primer plato. La reina, aunque le vio las alas, no dijo esta boca es mía. Debió de pensar que eran los dedos. ¿Y el pico? Lo mismo pensó la mujer que para tener esos nietos tan feos mejor se los comía.
En esas, el rey se fue a la guerra y se quedó el hijo de guardia en el palacio (y su familia en el otro).
En todo este tiempo no había tenido el príncipe tiempo de hablar con sus padres? ¿Se avergonzaba de tener una mujer tan dormilona y tan antigua? La madre sería ogresa y el padre un panoli, pero este chico estaba para darle una patada en sus partes y mandarlo a la mierda.
La reina necesitaba otra vez comida fresca y mandó al sirviente a por la princesa, pero éste cuando la vio le contó lo que pretendía hacer la madre de su marido y le llevó un ciervo ya entrado en años y despedazado, para que viera que estaba igual de dura la carne que la de la chica y no notara el engaño, pero esta vez lo notó y montó en cólera (otra vez), ordenando que se la trajera viva.
Cuando llegaron al palacio, ya estaba la olla puesta con el caldo de serpientes, escarabajos, arañas, sapos y lagartos, y cuando la reina se disponía a echar allí a la princesa, en eso llegó el príncipe, que se asombró de ver a su madre haciendo esas cosas tan feas y entonces se enteró de que era ogresa. Luchó con ella y en un descuido se cayó la reina en la olla, entre gritos por las quemaduras de tercer grado que le estaba causando el agua hirviendo.
A partir de entonces, ya sin padres que estorbaran, se trasladaron a vivir al palacio del príncipe y vivieron muy felices.

Han pasado los años, y la Bella Durmiente reivindica los siguientes regalos de las hadas
1º.- Un nombre como todo el mundo.
2º.-Que no duerman a sus padres para no sentirse sola al despertar
3º- Inteligencia, que ha salido muy cortita.
4º.- Un colchón de Lo Mónaco, que la plata y el oro son muy duros para tantos años.
5º.- Un peluquero y un estilista para cuando despierte.
6º.- Un robot de limpieza, que tiene alergia al polvo del palacio.
7º.- Que su hijo tenga otro nombre, porque da lugar a chascarrillos.
8º.-Tiritas de la nariz para no roncar, porque le da corte.
9º.- Una suegra vegetariana.
10º.-Un príncipe que no sea un panoli.

26 de abril de 2009

Blancanieves


Los reyes de un país lejano tuvieron una hija tan blanca como la nieve, y le pusieron de nombre Blancanieves (elemental, querido Watson).
Hete aquí que la madre, según costumbre de la época, palmó en el parto, volviendo a casarse su padre con una señora que era una víbora de mala persona. Guapa, pero mu mala.
Y la niña creció , tuvo su menstruación y se desarrolló que daba gusto verla, además de lo buena que era, al contrario que su madrastra, que viendo que Blancanieves era el centro de atención de todos los bailes a los que asistía, estaba que no le sentaba la camisa en el cuerpo y cogió un espejo que tenía para depilarse las cejas y le preguntó aquello que trascendió a través de los siglos: “Dime, espejito mágico, hay en todo el reino alguna mujer más guapa que yo? Y el espejo ni mu. Le repitió la pregunta, y ni mu. Llamó a su marido y éste le dijo que estaba desconectado. Lo conectó y entonces el espejo le dijo: “Mira, eres muy resultona, pero ya tienes tus añitos, que la menopausia no perdona. Blancanieves está bastante más buenorra que tú”.
Y entonces montó en cólera (donde montaba tanto la gente de antes) y llamó a un servidor al que ordenó matar a Blancanieves. Así, sin despeinarse siquiera.
El servidor se llevó a la moza al bosque y le explicó los planes que la malvada madrastra tenía para ella. Total, que la dejó allí entre los árboles y él se volvió al palacio.
Y la pobre se quedó sin saber qué hacer, porque en ese momento no estaba por allí Rapunzel, ni Caperucita, ni la Cenicienta, ni la Bella Durmiente, que ese día no les tocaba pasar por el bosque, y se sintió sola. Pensó que tenía que tomar una solución, porque tenía hambre y además necesitaba una ducha, pues aunque princesa, las glándulas sudoríparas las tenía al cien, como todas las adolescentes, así que empezó a andar hasta encontrar una casita diminuta y se dirigió allí.
Forzó la puerta, entró y encontró la mesa puesta con platitos y cubiertos pequeños y unas pechugas cordón bleue en una bandeja. Se sentó en el suelo, porque las sillas eran muy pequeñas para albergar el hermoso trasero con que la naturaleza le había dotado, y se comió todo lo que encontró. Después le entró sueño y juntando cuatro de las siete camas minúsculas que había en una habitación, se echó la siesta plácidamente.
Y aquí tenemos otra princesa confiada, creyendo que todo el monte es orégano.
Bueno, pues resulta que era la casa de unos enanos muy buenos (pero no tontos), que se habían ido a trabajar y volvían a casa a comer y a echarse un ratito. Cuando llegaron encontraron la puerta abierta y les extrañó, porque siempre la cerraban al salir, aunque dejaban todas las ventanas abiertas para que se airease la casa, cosa comprensible dado el tufo que desprendían las botas de los siete durante la noche.
Se dieron cuenta de que se habían comido todas sus viandas y también montaron en cólera, sin explicarse lo sucedido. Cuando el mayor de ellos fue a hacer pis porque ya tenía problemas de próstata, al pasar por la habitación dio un grito al descubrir allí tendida a una muchacha de uno ochenta (la midió a ojo), guapísima.
Llamó a los otros y juntos la contemplaron sin saber qué hacer. Entonces se retiraron a deliberar y acordaron lo que le iban a decir cuando se despertara.
Al abrir Blancanieves los ojos, encontró a siete enanos a su alrededor, con los ojos fuera de sus órbitas y poniéndose en pie dio un salto, pisando a uno de ellos que por suerte era mudo, y no pudo expresar de forma oral el recuerdo que le dio para su excelsa madre.
La niña les explicó su triste historia, y entonces a los enanitos se les encendió la bombilla: le damos casa y comida, y a cambio que trabaje para nosotros. Blancanieves aceptó, aunque no le gustaba ni un pelo el plan, pero no podía elegir, y firmó el contrato.
Por la mañana se iban a trabajar y dejaban una casa... las toallas por el suelo, los calzoncillos para lavar, los calcetines que andaban solos, toda la tapadera del water llena de gotas (a ver, siete y pequeños, que apenas llegaban, pues más fuera que dentro), la mesa del desayuno patas arriba y la cocina perdida de grasa.
Antes de marcharse acordaban la comida que tenía que hacer, buena y barata, que estaban en crisis y no era cosa de tirar el dinero. Le daban nada y menos para la cesta de la compra, y encima tenía que ir andando al super del bosque.
Volvían a mediodía muertos de hambre y se tiraban como fieras a la comida. “¡¡¡¡¡EHHHHHHH!!!!!!! Quietos”, les decía ella con una sonrisa encantadora. “Mis papás me enseñaron que antes de comer hay que lavarse las manos”. Gruñón mandó al rey a tomar por saco, Mudito pegó cuatro patadas en el suelo, Tímido se puso acogotado detrás de Bonachón, éste soltó una carcajada y miró a la muchacha como si fuera de otro planeta, Dormilón soltó un bostezo y dijo que o comía, o se iba a echar la siesta del borrego, Mocoso estornudó y llenó la sopa de tropezones, Perezoso sacó toallitas húmedas con tal de no ir al lavabo y por último uno dijo: “Es obvio, que nuestras manos están sucias, pero dado el tiempo que hace que no nos las lavamos, sin ningún perjuicio para nuestra salud, no veo la necesidad de quitar ahora las costras que los años han formado sobre ellas”.
“Habló el listo que todo lo sabe”, pensó para sí Blancanieves
Y la vida continuaba y todos eran felices, aunque unos más que otros, porque a la pobre muchacha la explotaban desde que amanecía.
Todo el día batallando con los enanos de las narices: ¿Has lavado mi ropa?, Echa esta carta al buzón, la casa tiene polvo, la comida está fría, dónde está mi sombrero, cómprame una revista, haznos una tarta, coge fresas y haz compota, recolecta hierbas medicinales… ¿Qué te pasa que ya no cantas? ¿No estás contenta con nosotros? ¿Pero dónde vas a estar mejor?. Y Blancanieves gritó: ¡¡¡¡¡¡CALLAD; ENANOS DE MIERDA!!!!!!! Y se quedaron todos petrificados porque no esperaban esa salida de tono por parte de una muchacha tan bien criada.
¡¡¡SE ACABÖ!!! A partir de ahora, ni guiso, ni plancho, ni lavo, ni hago compra, ni quito el polvo ni ordeno la casa. Lo vais a hacer vosotros, que yo me largo.
Viendo que se les escapaba el chollo, los enanitos se retiraron a deliberar y acordaron ayudar a la muchacha en las faenas domésticas.
Entre tanto, la madrastra seguía dándole la tabarra al espejo y cuando se enteró de que Blancanieves aún existía, montó otra vez en cólera, se disfrazó de vieja y se fue hacia la casita. Llamó a la puerta, pero no le respondieron y por una de las ventanas que estaba abierta apareció la niña, a la que dio mucha pena la viejecita y se entretuvo charlando con ella. Ésta sacó una manzana y se la ofreció, dándole Blancanieves un mordisco, consecuencia del cual quedó inconsciente. La bruja desapareció riendo(Qué joía).
Cuando los enanitos volvieron de trabajar, se la encontraron en el suelo y mudito hacía gestos ostentosos sobre la razón de su desmayo, creyendo que se le habría ido la mano con el porrón, pero poco a poco comprobaron que la cosa era seria: Sabio, que había hecho un curso de primeros auxilios, puso su dedo en la carótida de la niña y verificó: “Está muerta”
Todos lloraban a moco tendido, porque el roce hace el cariño, y porque a ver dónde encontraban ahora otra tonta para aprovecharse de ella.
Acordaron no enterrarla (sabia decisión) y la metieron en una urna de cristal que hicieron entre todos, pegando las paredes con silicona y allí la dejaron unas semanas.
Yo creo que no estaba muerta, sino descansando, y que entre las ropas se habría echado comida para no morirse de hambre. Seguro que cada vez que los viera llorando a su alrededor pensaría: “Jodeos enanos, que estoy descansando”.
Atraído por el olor de la silicona, un príncipe que paseaba por el bosque (faltaba más), llegó hasta la urna y al ver allí a la muchacha quedó prendado de su hermosura, y eso que iba sin peinar lo menos tres semanas y llevaba la diadema ya por el cogote.
No pudo contenerse y con su espada rompió la urna, con tan poco cuidado que llenó a Blancanieves de cristales, pero como total estaba muerta, qué importaba.
Entonces recordó que en algunas ocasiones, el aliento de la persona amada había devuelto la vida al otro y posó sus labios sobre los de ella. En ese momento es cuando se podía haber muerto porlo mal que olía la boca del doncel. Saltó de la urna antes de que se le ocurriera volver a besarla y como manda el cuento, se enamoró enseguida del príncipe.
Sí, sí… entre volver con los enanos, o estar en un palacio… yo tampoco me lo habría pensado mucho.
Blancanieves y su enamorado se fueron a ver a los enanos, que ya habían encontrado a otra muchacha perdida en el bosque (ese bosque era como la calle Preciados), y allí estaban repitiendo la historia.
Y como nuestra protagonista era tan buena, pero tan buena, se llevó a los enanos a vivir con ellos al palacio y todos fueron muy felices.
Y colorín colorado…

Ha pasado el tiempo y Blancanieves reivindica para su cuento:

1º.- Un padre que la busque cuando desaparezca.
2º.- Que los enanos tengan algunas nociones de las tareas domésticas.
3º.- Una habitación para ella sola, que estaba rodeada de voyeurs.
4º.- Camas tipo literas, para no tener que agacharse tanto al hacerlas, que tiene un pinzamiento.
5º.- Una lavadora de carga superior, por lo mismo del pinzamiento en la L5
6º.- Un forense que certifique su muerte, para que no la encierren en la urna estando viva.
7º.- Que el cristal sea de esos que al romperse forman como una red y no caen cristales sueltos.
8º.- Que alguien les dé a los enanos clases de tirar silicona, que apestaba la urna.
9º.- Que al príncipe no le huela el aliento.
10º.- No tener que llevarse los enanos al palacio, porque pierde intimidad con su esposo.

15 de abril de 2009

Caperucita


Caperucita comenzó a repasar su historia:
Era una niña rubia, guapa, buena y hacendosa, que vivía con su mamá al pie de una montaña. De su inteligencia no se habla.
Como era tan buena, obedecía siempre a su madre, aunque no estuviera de acuerdo con ella, pero es que ser hija de madre soltera condiciona mucho en la infancia. Sí, porque de su padre no supimos nunca nada, aunque es posible que huyera por no llevarse bien con la abuela, que en este cuento tiene un papel fundamental.
La anciana le hizo una caperuza roja con lana que le habían regalado, buenísima, que ni una bola le salió en todos estos años, y eso que se la ponía todos los días. Parte de abajo no le hizo ninguna y la pobrecilla iba heladita con esa faldita tan corta que le ponían, aunque así lucía mucho el conjunto de braguitas y calcetines de perlé que le había hecho con tanto cariño para su cumpleaños.
Un buen día, cuando estaba caperucita jugando con unas cabras, la llamó la madre para que fuera a llevarle a la abuelita la merienda, porque estaba malita. Como vivía al otro lado del bosque, le advirtió que llevara cuidado porque podría salirle el lobo de entre los árboles.
Manda huevos. ¿La envía su madre por el bosque sabiendo que la podría atacar un lobo? La custodia tendrían que haberle quitado.
Y aquí tenemos a nuestra niña, candorosa y simple, cantándole a los pajaritos y a las ardillas del bosque. Cuando menos lo esperaba apareció detrás de un tronco gordo, el lobo feroz.
.-¿Dónde vas, Caperucita?
.-A casa de mi abuelita a llevarle la merienda.
.-¿Y qué le llevas en la cestita?
.-Le llevo unas torrijas y una tarta de miel.
.-¿Y vive muy lejos tu abuelita?
.-En la primera casita que hay al lado del camino.
¿A esta niña no le explicó nadie que no se deben dar datos a desconocidos? ¿Y a la madre, que “eso” no era merienda para una anciana, porque le podría subir el azúcar?
La escena tendría que haberse desarrollado así:
.-¿Dónde vas Caperucita?
.-A donde me salga de los cataplines, tonto el haba, y como me sigas te denuncio por acoso.
Pero no, y el cuento siguió su curso:
El lobo se fue corriendo y llegó a casa de la abuelita:
.-Buenasssssssssssssssssssssss
.-¿Eres tú, Caperucita?
.-Pues claro, abuela.
Y se abalanzó sobre ella comiéndosela.
Así, como suena. Con qué facilidad se comen unos a otros en este cuento. ¿Y la sangre? ¿O se la tragó entera?
Se puso el lobo el camisón y el gorro de la abuelita y se metió en la cama a esperar la llegada de la niña. Se ve que desnudó primero a la anciana para no mancharlo. Aquí se advierten rasgos de perversión en el lobo, que aunque el cuento no dice nada, lo mismo la violó antes de comérsela.
.-Toc, toc…
.-Pasa, nietecita mía querida.
Y Caperucita entró y al ver a la abuelita en la cama, pues no le extrañó tanto el cambio. Se ve que la abuela era fea, con bigote, orejas grandes y llena de arrugas, y por eso no notó la diferencia.
Le dijo todo eso de “Qué grande tienes tal y tal cosa”, y cuando llegó a la boca, pues dio un salto sobre ella y también se la comió. Al juntarse las dos en la barriga, se pusieron a dar gritos, que llamaron la atención de un leñador.
Guiado por las voces llegó hasta la casa, y desde una ventana vio al lobo sobre la cama sumido en el sopor de la comilona. Y las dos gritando. Al principio creyó que era otra cosa, pero luego se dio cuenta de lo que verdaderamente estaba pasando alli. Con un cuchillo le abrió la tripa (y el lobo durmiendo) y salieron contentísimas Caperucita y su abuelita, que se pusieron a cantar enseguida, aunque no creo yo que fuera momento de festejos, a medias de una operación.
¿Y qué decir de la digestión? Si se las había comido, del estómago pasan al intestino, y cuanto más abajo peor cariz tiene el asunto. Pero no, ellas al llegar al estómago se salieron por una ventanita y se quedaron por fuera de las tripas, enteritas, porque sí, con zapatos y todo. ¡¡¡MILAGRO!!!!
Entonces cogieron piedras y llenaron la barriga del lobo y se la cosieron (seguía durmiendo), sacándolo al camino. Cuando se despertó fue hacia el río para beber agua, y se cayo ahogándose. Pero se habría muerto igual de una infección.
Y vivieron felices en su infinita ignorancia, la abuela, la madre, la hija y el leñador, que se aprovechó de lo sucedido y quería sacar tajada de Caperucita por el favor que le había hecho. Ahora, en lugar del lobo le salía el plasta del leñador todos los días pidiéndo que se casara con él, así que no tuvo más remedio que denunciarlo por seducir a una menor, y lo metieron en la cárcel.

Y así, la niña de nuestro cuento, ya podía conversar con los pajarillos y las ardillas del bosque sin ningún peligro.


Ha pasado el tiempo y Caperucita reivindica:
1º.- Una casa en el pueblo para no tener que atravesar el bosque.
2º.- Una madre con dos dedos de frente.
3º.- Un padre para irse a vivir con él y dejar a su madre.
4º.- Unas clases de funcionamiento del aparato digestivo para Perrault.
5º.- Una mochila en lugar de una cesta, que es más cómodo y más moderno.
6º.- Una residencia de ancianos en el pueblo, para que la abuela no corra peligro.
7º.- Que el cuento tenga un lobo que no subestime la capacidad mental de Caperucita.
8º.- Que le cambien al leñador por un príncipe, como a sus amigas.
9º.- Hacer en el bosque un punto de reunión de protagonistas de cuentos.
10º.- Tener una muda de caperuza, porque tiene el pelo muy graso.

14 de abril de 2009

Rapunzel


Rapunzel se siente triste porque es la protagonista de un cuento no sólo sexista, sino de una crueldad extrema.
Su madre se encontraba embarazada de ella y tenía antojos como todas las mujeres en ese estado, pero es que debía de ser una plasta de narices y además sosa, sosa, sosa, porque tener antojos de fresas con nata, de dulces o de berenjenas en vinagre, como es el caso de la que escribe, entraría dentro de lo normal, pero antojársele a la mujer en cuestión un manojo de canónigos, que es lo que son los rapunzeles, tiene tela.
Vivían en una especie de chalé lindando con una bruja y ésta tenía plantados en el jardín semejantes matojos, por lo que desde la ventana los veía todos los días y ponía al marido en un brete para que entrara y le trajera para la ensalada unos cuantos.
Y pasó lo que tenía que pasar, que la bruja lo descubrió y le hizo prometer al calzonazos del marido que cuando naciera el hijo, se lo daría a cambio de todas las ensaladas que su mujer se habría comido en todo el embarazo.
Y le dijo que si, con un par. ¿Y su esposa no protestó? ¿No defendió el fruto de su vientre? Pues no. Siguió comiendo.
Saber que tu madre te ha cambiado por unos canónigos, te debe marcar la existencia, y no me extraña que la pobre no lo haya superado.
Pues nada, cuando nació se la llevó la bruja y le puso de nombre Rapunzel, o sea, canónigo, que es como si a una le ponen lechuga o rábano, y eso sí que te persigue el resto de tus días. Lo que tuvo que pasar la pobre en el cole.
A los doce años la encerró en una torre que no tenía ni puertas ni escaleras. Como era bruja, la coló por la ventana en un plis plas. Encima no se le ocurrió otro modo para subir y bajar, que las trenzas de la niña. Hasta que el pelo le llegó al suelo, debieron pasar unos cuantos años. La pobre cepillaba cada día medio metro y así lo mantenía brillante, porque en la torre no había agua y no podía lavárselo, y le seguía creciendo.
Cuando la vieja iba le decía desde abajo: “Rapunzel, échame las trenzas que voy para arriba” Y la niña se asomaba a la ventana y soltaba el melenón para que subiera. Al principio le dolía mucho el cuello, pero luego los esternocleidomastoideos se le desarrollaron mucho y tenía una fuerza capaz de aguantar el peso de una persona.
¿Y no hubiera sido mucho más fácil haber hecho una puerta de obra y unos cuantos escalones? Vamos, digo yo, porque la escalada agarrándose a los pelos, también tendría su dificultad.
Bueno, pues un día que Rapunzel estaba cantando, pasó un príncipe y la escuchó. Cuando llegó y vio a la bruja subir, pensó que él también podría hacerlo. Para eso era príncipe ¿No? Seguro que ella le estaría esperando, como esperan por los siglos de los siglos las muchachas casaderas la aparición de un mozo a lomos de un corcel, que dé sentido a sus vidas.
Desde abajo dijo: ”Rapunzel, échame las trenzas que voy para arriba”, y ella, sin cerciorarse de quién era, tiró las trenzas por la ventana. Estaba un poco fondón y le costó trabajo subir, que la pobre niña estaba con el cuello ya fuera de su sitio de aguantar tanto peso, y de pronto se asustó al verle allí arriba con ella. ¡Oh! ¡Un desconocido!.
Dios mío, ¡Qué susto! Pues hija, haber mirado antes, que luego nos quejamos.
Como pasa siempre en estos casos, enseguida le pidió relaciones y ella se las concedió, que parece que estaba desesperadita por concedérselas a quien fuera y salir de allí. Así que quedaron en verse otro día, pero la bruja los descubrió.
Después de lo que le había costado dejarse crecer las trenzas, la vieja se las cortó y la dejó en medio de un bosque sin naíta que comer. La chica se encontraba rarísima, con el pelo a lo garçon y se dedicó a cazar animales a cabezazos para sobrevivir, porque su cabeza estaba muy fuerte después de tanto ejercicio, y cada vez que la sacudía, conejo que se llevaba por delante.
¿Y qué pasó con el príncipe? Pues que la bruja le puso una trampa y cuando subió por las trenzas esperando ver a su amada, se encontró con ella y del susto se tiró por la ventana, quedando ciego a causa de la caída.
Vagó por los bosques hasta que un día la oyó cantar y reconoció su voz. La llamó y ella corrió a sus brazos, descubriendo su ceguera y lamentando que él no pudiera verla con su nuevo loock.
Aún así vivieron juntos para siempre, él a costa de ella, porque como era príncipe y no sabía hacer nada, pues era lo normal y además ciego para acabarlo de arreglar.
Y nunca, nunca, nunca… comieron canónigos.

Reivindicaciones de Rapunzel:

1º.- No llamarse canónigo.
2º.- Tener unos padres normales.
3º.- Hacer una escalera en la torre.
4º.- Que en el cuento salga Rúpert.
5º - Mirilla en la ventana.
6º.- Más príncipes para poder escoger, que uno y ciego, ya es mala suerte.
7º.- Quitar la maleza de alrededor de la torre y poner suelo blandito para cuando se caigan los pretendientes que no se estropeen.
8º.- Que la bruja y los príncipes sean delgados.
9º.- Un botiquín con ibuprofeno y mantita eléctrica para las contracturas musculares del cuello.
10º.- Que los medios de comunicación se hagan eco de que el príncipe vive, para que su padre le pase una pensión, que todo se lo está llevando su cuñada Cenicienta.

12 de abril de 2009

Conclusión APROCUSE

En la cafetería de Recoletos, fueron desgranando una a una su historia, ante el asombro de la gente que para entonces formaba un corro alrrededor de ellas, pusieron un libro de firmas para que las dejaran allí los que estaban de acuerdo con sus reivindicaciones, convocaron a escritores actuales de cuentos infantiles para comparar argumentos, y se dispusieron a plasmar en un acta las conclusiones a las que habían llegado. También habían invitado a la Ministra de Cultura, pero como los niños no votan en las elecciones, se pasó por el forro la invitación.
Todas estuvieron de acuerdo en que sus padres no se portaron bien con ellas: el que no era gilipollas era un calzonazos, y las madres eran unas ignorantes, además de tener poca salud, porque se morían enseguida de parto o por enfermedad, por lo que ellos, que debían tener muñones en vez de manos, tenían que casarse rapidito, para nada, porque las madrastras les hacían cascar al poco tiempo de la boda, dejando a nuestras protagonistas al libre albedrío de estos malvados personajes.
Lo primero que hay que cambiar es ésto: que sus padres se comporten como tales.
De la preparación de las niñas también habría mucho que hablar, porque ahora con el canto, la música, la danza, y todas las chorradas que les enseñaban, sólo podrían optar a salir en concursos de la tele. Por lo menos, que les pongan la UPB (Universidad Popular del Bosque), para sacarse aunque sea el Graduado Escolar, y les enseñen algo más que las LPS (Labores Propias de su Sexo).
Y a los príncipes, ¿no se les podría dotar de otra neurona para que hiciera contacto con la que tienen y por lo menos pudieran pensar? Están de estos tontos panolis hasta el moño, y encima se tienen que casar con ellos y fingir que son felices. En lugar de decir "El príncipe cabalga a lomos de su corcel", habría que decir: "El tonto el haba cabalga a lomos de su corcel"
Otra cosa que no entienden: si hoy a los niños se procura no asustarles con hombres del saco y otras estupideces por el estilo, por qué razón seguimos a vueltas con el lobo ?
¿Y las hadas madrinas? Éstas se han sacado el título en la tómbola de la feria del bosque, porque todas las cosas las dejan a medias. No hay más que recordar lo mal que quedaron con lo de Cenicienta y la Bella Durmiente. Las hadas malas están mejor formadas, porque son más poderosas.
¿Y las brujas? ¿Qué pasa, que había más personas brujas que normales? ¡Fuera las brujas!
Nuestras protagonistas quieren dejar claro que no están contentas con el papel que desempeñan en estas historias, y que quieren aparecer en ellas menos lelas de lo que aparecen. Que se las considere inteligentes además de buenas, que están hartas de que todos se aprovechen de su bondad. Han decidido matricularse y recuperar el tiempo perdido, en la UPB. Caperucita estudiará Ingeniera de Caminos, para dejar de pasar de una vez por el puñetero bosque; Rapunzel, Medicina, especialista en traumatología, para tratarse las cervicales; Blancanieves, Arquitectura, para hacer casas de tamaño normal, con gateras para los enanos; La Bella Durmiente, hará unos cursos con Estivil sobre los trastornos del sueño, y La Cenicienta estudiará Podología, que con tanto zapato de cristal tiene los pies destrozados de cortes y no gana para tiritas.
Además harán deporte para no estar tan fofas y débiles, tomarán el sol para no parecer muñecas de arroz, aprenderán artes marciales para no tener que depender de nadie que les riegue el florero, y en definitiva, darán un rumbo nuevo a su vida.
Con el apoyo de los escritores de hoy día, que no utilizan el tremendismo en los cuentos, abren el libro de firmas.
Yo firmo. ¿Y tú?