Esta escala corresponde a Mykonos, la más pequeña de las Cícladas y centro del turismo del Egeo, entre otras cosas, por tener garantizadas 3000 horas de sol al año.
Es una amalgama de casitas blancas, con los techos planos y las puertas de madera pintadas de azul, dentro de un laberinto de calles difíciles a veces de reconocer en el plano, pero tan bellas en su original decoración de suelos y fachadas, aunque necesariamente piense en la dificultad de acceso a las mismas, por parte de bomberos y ambulancias. Son peatonales, estrechisimas y sólo se puede acceder a ellas en moto.
Después de varias vicisitudes, en 1530 pasó a ser dominio de Turquía y entonces se convirtieron en piratas, siendo éste su modo de vida durante bastantes años, y también la razón por la que hay tantas iglesias en la isla: cuando les salía bien algún abordaje, hacían una capilla para dar gracias y de paso enterrar allí a sus familiares difuntos.
Es la versión griega de Ibiza, por el color de sus casas, sus playas, su ambiente nocturno, su nivel de vida y por la gente importante que la visita. Asimismo, es el paraíso de los gays.
La zona del puerto es el centro de la ciudad, seguido por el Kastro y la llamada “Pequeña Venecia”, en el barrio de Alefkandra. Aquí era donde antiguamente estaban los lavaderos de ropa y de ahí el nombre.
En toda esta zona abundan los bares de copas y los restaurantes, y tomarse una caña tan cerca del agua, viendo las casitas multicolores casi sumergidas, es un privilegio para los sentidos: la vista inmejorable, el sonido lejano de un sirtaki, el olor a mar, tocar el agua con la punta de los dedos y degustar una cerveza bien fría. Pero si además coincide, como nos pasó a nosotros, con la puesta del sol, se multiplica por mil el placer.
Los molinos conforman también el inconfundible perfil de la isla, que junto con las cúpulas de sus iglesias, hacen de Mykonos un lugar muy codiciado por los turistas.
Desembarcamos y fuimos en autobús, hasta la Playa Perrí, al lado del puerto, donde empezamos por libre un recorrido que duraría casi cuatro horas y que nos llevaría a los lugares más interesantes y turísticos de esta isla.
En la Plaza Mantos Mavroyernous, nos hicimos la foto de rigor y vimos a Pedro, el pelícano mascota de Mykonos, que dio un susto a más de uno, que confiado se acercaba demasiado.
Según nos contaron, en 1954 después de una tormenta, apareció un pelícano por el puerto, que se quedó aquí hasta su muerte, treinta años después. Fue disecado y llevado al Museo Etnográfico. Como la gente se había acostumbrado a verlo por las calles, se trajo otro y es el que sirve ahora de atracción turística.
Luego fuimos a la Iglesia Agios Nikolaos, y me cuentan que a ésta la llaman "de Nicolasito", por haber una mayor en el pueblo.
Llegamos a Panagia Paraportiani, la más fotografiada de todas, formada por cinco iglesias, cada una con su propio campanario, pero que forman un conjunto único. Ya de noche, las fotos que hizo Antonio de este sitio, son una pura delicia, como se podrá comprobar.
Anduvimos por la calle Matoyianni, la más comercial, parándonos en multitud de establecimientos que llamaban nuestra atención y admirando las tiendas y las joyerías, que en ella había, con diseños y moda de gran clase.
Subimos al molino Boni Mil y desde allí contemplamos unas vistas preciosas de la ciudad.
Como el cansancio y la sed apretaban, nos dirigimos a los bares de la “Pequeña Venecia” y allí, junto al mar, nos tomamos una cerveza que nos supo a gloria, por lo rica que estaba y por el entorno.
Seguimos callejeando y disfrutando hasta coger de nuevo el autobús, no sin antes llevarnos en nuestra cámara unas preciosísimas imágenes de la isla.
La foto de arriba está tomada antes de llegar a la pequeña playa que hay en el puerto, A la izquierda del barco, se puede apreciar Agios Nicolaos y detrás, con tejado rojo, el Ayuntamiento de Mykonos.
